¿Basta con leer las 15 primeras líneas para saber si un libro vale la pena o no?

martes 2 de febrero de 2010

El lobo estepario


"Contiene este libro las anotaciones que nos quedan
de aquel hombre al que, con una expresión que él mismo
usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario.
No hay por qué examinar si su manuscrito requiere un pró
logo introductor; a mí me es en todo caso una necesidad
agregar a las hojas del lobo estepario algunas en las que
he de procurar estampar mi recuerdo de tal individuo.
No es gran cosa lo que sé de él y especialmente me han
quedado desconocidos su pasado y su origen. Pero de su
personalidad conservo una impresión fuerte, y como tengo
que confesar, a pesar de todo, un recuerdo simpático.
El lobo estepario era un hombre de unos cincuenta
años, que hace algunos fue a casa de mi tía buscando una
habitación amueblada. Alquiló el cuarto del doblado y
la pequeña alcoba contigua, volvió a los pocos días con..."

Hess, Hermann, El lobo estepario, Madrid, Alianza Editorial, 1975.

La casilla vacía


Conocí a Manuel Paz en el número 12 de la
Östermalmsgatan, en Estocolmo. Anoto la direc-
ción, pues lo primero que me advirtieron los resi-
dentes bolivianos es que su cuarto era inconfundi-
ble porque había velado la única ventana a la calle
con unos periódicos amarillentos. Me advirtieron
también que no recibía a nadie y que vivía una exix-
tencia voluntariamente solitaria.
Me valí de Carlos Decker, exiliado bolivia-
no de la tanda del 71, que se refugió en Suecia lue-
go de un periplo azaroso por Argentina y Chile. Los
exiliados se congelaron en el debate de los setentas y
petrificaron la división de la izquierda en grupos
que ya no existen en el país. Quizás por eso, Carlos
Decker reaccionó a mi pregunta sobre el paradero..."

Rocha Monroy, Ramón, La casilla vacía, La Paz, Santillana, 1998.

No es país para viejos


"Mandé a un chico a la cámara de gas en Hunstville. A uno nada
más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos o tres veces. Tres
veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía por qué ir, pero
fui. Naturalmente, no quería ir. Había matado a una chica de cator-
ce años y os puedo asegurar que yo no sentìa grandes deseos de ir a
verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La pren-
sa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo
ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él
tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que te-
nía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo
volvéría a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus propios
labios lo oí. No sé qué pensar de eso. La verdad es que no. Creía que
nunca conocería una persona así y eso me hizo pensar si es chico no
sería una nueva clase de ser humano. Ví como lo ataban a la silla y
cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso pero nada..."

McCarthy, Cormac, No es país para viejos, Buenos Aires, Sudamericana, 2008.

lunes 1 de febrero de 2010

Adios


Tomas Eloy Martínez
San Miguel de Tucumán, Argentina, 16 de julio de 1934; Buenos Aires, 31 de enero de 2010

viernes 29 de enero de 2010

Levantad, carpinteros, la viga maestra


"Hace unos veinte años, una noche en la que nuestra enorme familia estaba sitiada
por las paperas, mi hermana mayor, Franny, fue trasladada con cuna y todo a la habitación
evidentemente libre de microbios que yo compartía con mi hermano mayor Seymour. Yo
tenía quince años, Seymour diecisiete. A eso de las dos de la mañana, el llanto de la nueva
compañera de cuarto me despertó. Me quedé quieto, en posición neutral durante unos
minutos, escuchando el berrinche hasta que escuché o sentí que Seymour se movía en la cama
próxima a la mía. En aquellos tiempos teníamos una linterna sobre la mesa de noche entre
los dos, para casos imprevistos que, por lo que recuerdo, nunca se presentaban. Seymour la
encendió y salió de la cama.
- El biberón está sobre la cocina, dijo mamá- le expliqué.
- Se lo he dado hace un rato -dijo Seymour- No tiene hambre.
Avanzó en la oscuridad hasta los anaqueles y proyectó la luz balanceándola léntamente
hacia atras y hacia adelante. Me senté en la cama.
- ¿Qué vas a hacer?- Pregunté
- Creo que voy a leerle algo- contestó Seymour y tomó un libro"

Salinger, J.D., "Levantad, carpinteros, la viga maestra" en Levantad, carpinteros, la viga maestra y Seymour: una introducción, Barcelona, Edhasa, 1963.

jueves 28 de enero de 2010

Cuento de Navidad


"Para empezar, digamos que no existía duda algu-
na de que Marley estaba muerto. el registro de su
defunción había sido firmado por el capellán, el
escribano, el director de la funeraria y el encargado
del cementerio. Scrooge lo firmó también, y su fir-
ma era digna de crédito en cualquier documento
donde se viera estampada.
El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo
de una puerta.
¡Cuidado ahí! No quiero decir que sepa por mis
propias luces lo que de muerto en particular pueda
haber en el clavo de una puerta. Antes de esto,
podría inclinarme a creer que el clavo de un ataúd
es la pieza más muerta que existe en el ramo de la
ferretería. Pero la sabiduría de nuestros antepasados..."

Dickens, Charles, Cuento de Navidad, Madrid, Estudio didáctico, 2001.

Adios


Jerome David Salinger
Nueva York, 1 de enero de 1919 – Cornish, Nuevo Hampshire, 27 de enero de 2010

viernes 11 de diciembre de 2009

El último trayecto de Horacio Dos


Martes, 30 de mayo
Escasez. Gachas de arroz, medias raciones para
comer y agua pútrida con clorofila para beber. Des-
contento general y conato de rebelión en el sector de
los Delincuentes. El primer segundo de a bordo pro-
pone gasearlos preventivamente. El segundo segundo
de a bordo se muestra partidario de la disuasión, bien
por juzgar más efectivo el sistema, bien por llevar
la contraria al primer segundo de a bordo. Según el
argumento de aquél, aún cuando los Delincuentes
consiguieran adueñarse de la nave y desactivar los
mecanismos de autodestrucción preventiva, ¿de qué
les iba a servir, si el congelador está vacío? Es su ar-
gumentación, no la mía. Impecable si los Delincuen-
tes atendieran a razones. Ahora bien: si atendieran a..."

Mendoza, Eduardo, El último trayecto de Horacio Dos, Barcelona, Seix Barral, 2002.

martes 8 de diciembre de 2009

La búsqueda soñada de la oculta Kadath


"Por tres veces soñó Randolph Carter la ciudad mara-
villosa y por tres veces fue súbitamente arrebatado
cuando se hallaba en una elevada terraza que la do-
minaba. Resplandecía toda con los dorados fulgores
del Sol poniente: las murallas, los templos, las columnatas
y los puentes de mármol veteado, las fuentes de tazas pla-
teadas y prismáticos surtidores que adornaban las
grandes plazas y los perfumados jardines, las ampliaas
avenidas bordeadas de árboles delicados, de jarrones
atestados de flores, y de estatuas de marfíl dispuestas en
filas deslumbrantes.
Por las laderas del Norte ascendían filas y filas de
rojos tejados y viejas buhardillas picudas, entre las que
quedaban protegidos los pequeños callejones empedra
dos, invadidos por la hierba. Había una agitación..."

Lovercraft, Howard Phillips, La búsqueda soñada de la oculta Kadath, México, Editorial Tomo, 2005.

sábado 28 de noviembre de 2009

La metamorfosis


"Una mañana, Gregor Samsa
despertó de un sueño intranquilo y
se encontró convertido en un enor-
me insecto. Yacía sobre sus espal-
das, que eran un duro caparazón y
si levantaba un poco la cabeza veía
la convexidad de su abdomen par
do, dividido en segmentos por unas
especies de arcos coriáceos. La
manta de cama, paenas lograba
mantenerse sobre aquella promi-
nencia y parecía a punto de resba-
lar. Innumerables patas, lastomosa-
mente delgadas en comparación
con el grosos ordinario de sus piernas..."

Kafka, Franz, La metamorfosis, Oruro, Latinas Editores, 1999

Don Quijote de la Mancha


"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acor-
darme, no ha mucho tiempo vivía un hidalgo de los de
lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo co-
rredor. Una olla de algo más vaca que ternero, salpicón las más
noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes,
algún palomino de añadidura los domingos, consumían las
tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de
velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de
lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí
de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba los cua-
renta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de
campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la poda-
dera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años.
Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran
madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el..."

Cervantes, Migues de, Don Quijote de la Mancha, Madrid, RAE, 2005.

martes 15 de septiembre de 2009

Tala


"Mientras todos esperaban al actor que les había pro-
metido venir a su cena de la Gentzgase, después del estre-
no de El pato salvaje, hacia las once y media, yo observa-
ba al matrimonio Auerberger, precisamente desde el
sillón de orejas en el que, a principios de los años cin-
cuenta, me sentaba casi a diario, y pensaba que había
sido un grave error aceptar la invitación de los Auersber-
ger. Hacía veinte años que no veía a los Auersberger y,
justamente el día de la muerte de nuestra común amiga
Joana, me los había encontrado en el Graben y, sin circun-
loquios, había aceptado su invitación para aquella cena artís-
tica, así la había calificado el matrimonio Auersberger su
banquete. Durante veinte años no había querido saber
nada del matrimonio Auersberger y durante veinte años
no había visto al matrimonio Auersberger y en esos veinte..."

Bernhard, Thomas, Tala, Madrid, Alianza, 2007.

lunes 31 de agosto de 2009

Leopoldo Lugones



"Como el de Quevedo, como el de Kipling, como
el de Claudel, el genio de Lugones es magnifica-
mente verbal. No hay una página de su numerosa
labor que no pueda leerse en voz alta, y que no
haya sido escrita en vos alta. Períodos que en
otros escritores resultarían ostentosos y artificia-
les, correnponden, en él, a la plenitud y a las am-
plias evoluciones de su entonación natural.
Para Lugones, el ejercicio literario fue siempre
la honesta y aplicada ejecución de una tarea pre-
cisa, el riguroso cumplimiento de un deber que
excluía los adjetivos triviales, las inmágenes previsi-
bles y la construcción azarosa. Las ventajas de tal
conducta son evidentes; su peligro es que el siste-
mático rechazo de lugares comunes conduce a..."

Borges, Jorge Luis, Leopoldo Lugones, Buenos Aires, Emecé, 1998.

El vaso de alabastro


"Mr. Richard Neale Skinner, A.I.C.E., F.R.G.S. y
F.A.S.E., lo cual, como se sabe, quiere decir por ex-
tenso y en castellano, socio de la Institución de inge-
nieros Civiles y miembro de la Sociedad Anticuaria de
Edimburgo, es un ingeniero escocés jefe de sección
en el ferrocarril de El Cairo a Asuán, donde se en-
cuentran las famosas represas del Nilo, junto a la pri-
mera catarata.
Si menciono sus títulos y su empleo es porque se
trata de una verdadera presentación; pues Mr. Neale
Skinner hállase entre nosostros desde hace una quin-
cena, procedente de Londres y me viene recomenda-
do por Cunninghame Graham, el grande escritor
cuya amistad me honra y obliga"

Lugones, Leopoldo, El vaso de alabastro y otros cuentos, Madrid, Alianza, 1995.

sábado 29 de agosto de 2009

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?



"Una alegre y suave oleada eléctrica silbada por el despertador
automático del órgano de ánimos que tenía junto a la cama des-
pertó a Rick Deckard. Sorprendido —siempre le sorprendía en-
contrarse despierto sin aviso previo— emergió de la cama, se pu-
so en pie con su pijama multicolor, y se desperezó.
En el lecho, su esposa Irán abrió sus ojos grises nada alegres, par-
padeó, gimió y volvió a cerrarlos.
—Has puesto tu Penfield demasiado bajo —le dijo él—. Lo ajustaré
y cuando te despiertes...
—No toques mis controles —su voz tenía amarga dureza—. No
quiero estar despierta.
El se sentó a su lado, se inclinó sobre ella y le explicó suavemente:
—Precisamente de eso se trata. Si le das bastante volumen
te sentirás contenta de estar despierta. En C sobrepasa el el umbral
que apaga la conciencia..."
Dick, Philip K., ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Barcelona, Edhasa, 1992.

Crónicas marcianas


"Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las
ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vi-
drios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños
esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos
de piel, caminaban torpemente por las calles heladas co-
mo grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una
marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de
par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las ca-
sas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los te-
chos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrie-
ron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las
ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces
de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y ver-
des prados del último verano."


Bradbury, Ray, “El verano del cohete”, Crónicas marcianas, Buenos Aires, Minotauro, 1955.

viernes 28 de agosto de 2009

Guerra del tiempo


"- ¿Qué quieres viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los
andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de
un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la gar-
ganta un largo monólogo de frases incomprensi-
bles. Ya había descendidolas tejas, cubriendo los
canteros muertos con su mosaico de barro cocido.
Arriba, los picos desprendían piedras de mampos-
tería, haciéndolas rodar por los canales de madera,
con gran revuelo de cales y yesos. Y por las al-
menas sucesivas que iban desdentando las mira-
llas aparecían -despojados de su secreto- cielos
rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas,
dentículos, astrágalos, y papeles encolados que
colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente..."

Carpentier, Alejo, "Viaje a la semilla", Guerra del tiempo, Madrid, Alianza, 1993.

jueves 27 de agosto de 2009

El barón rampante


"Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco
di Rondo, mi hermano, se sentó por última vez en-
tre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Está-
bamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa,
las ventanas enmarcaban las tupidas ramas del
gran acebo del parque. Era mediodía, y nuestra fa-
milia, siguiendo una antigua tradición, se sentaba a
la mesa a esa hora, pese a que ya cundía entre los
nobles la moda, llegada de la poco madrugadora
Corte de Francia, de almorzar a media tarde. So-
plaba un viento del mar, recuerdo, y se movían las
hojas. Cosimo dijo:
- ¡He dicho que no quiero y no quiero! -y re-
chazó el plato de caracoles. Jamás se había visto
desobediencia más grave."

Calvino, Italo, El barón rampante, Barcelona, Planeta, 2003.

miércoles 26 de agosto de 2009

Guano maldito


"El GRAN MAESTRO está en la cubierta de su barco sen-
tado en un sillón de nubes blancas escudriñando en la bruma
matinal. El silbato agudo de un marino es un aullido en la brisa
del Pacífico Sur, donde la corriente helada de Humboldt la-
me las costas desiertas del continente sudamericano.
¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!...
- ¡Gabriel sopla fuerte! ¡dale duro al pito! - ordena
el GRAN MAESTRO al arcángel Gabriel.
- Es su orden, GRAN MAESTRO.
- Dale duro, tenemos que llamar a esos tipos del barco.
-¿Los quiere traer a todos, GRAN MAESTRO?
- Sí, a todos... uno por uno para enfrentarlos al jui-
cio extraño de los cien años.
- ¿También a los gringos?
- Sí, a... gringos, chilenos, peruanos, bolivianos, a ..."

Aguirre Lavayen, Joaquin, Guano maldito, cochabamba, Los amigos del libro, 1990.

martes 25 de agosto de 2009

Recordando a Dardé


"-J.W. Dardé- repitió el hombre.
La hija de Can Tusquets rompió la punta del
lápiz de escribir la uve doble sobre la página grisá-
cea y rayada de su cuaderno escolar.
- Las naranjas, el bacalao, el jamón.
Humedeció la punta del lápiz de tinta con la
lengua y se lamio después un dedo para ver si le
había quedado sucia. J.W. Dardé o el profesor
Dardé, tal como se había presentado, dobló las
rodillas hasta apoyarlas en el mostrador y recu-
pero la posición vertical y firme, como movido
por un resorte. Unos minutos después, le vimos
subir al jeep y doblar la esquina para coger la
carretera a Olot. Un cuarto de hora más tarde, el
sargento de la Guardia Civil, el herrero, dos ex alcaldes..."
Vázquez Montalban, Manuel. Recordando a Dardé. Tres novelas ejemplares, Barcelona, Espasa, 2001.

Color local


"Todo mezclado, todo mezclado. Llegó el carnaval. Resucitó el
carnaval. Desde la mañana la calle Prado es una fiesta
multitudinaria de pueblo, de esa alegría que bulle en las venas
del cubano y hace palpitar el cuerpo. Miren a esos negros,
miren esos blancos, todo mezclado. Y quién trabaja en estos
predios, se preguntó Pepe Saco (Antonio) allá por el mil ocho-
cientos treintipico. Qué frívolo y escrupuloso. La canción del
bongó: acá el que mas fino sea, responde si llamo yo. Resucitó
el carnaval. Los pregones de las congas hablan de las estampas,
de historias agridulces. El Alacrán, Las Bolleras, Los
Guaracheros de Regla, ensayo de ensayos para el gran paseo.
Es temprano aún y la calle vibra de alegría, cada drama, cada
personaje simula gritar a voz en cuello ¡aqui! ¡aqui!¡el mar!
¡el mar! Carnaval de Sangre/semental desbocado/rojo arcán-
gel terrestre, señalan, como en un viejo danzón, todos..."

García, Francisco, "La carroza", Color Local, La Habana, Extramuros, 1999.

El abismo de estrellas


"Como tantas otras veces, al despertar, recuerda
haber soñado que volaba. Sabe que en el transcur-
so de llas próximas horas olvidará por completo el
argumento del sueño, y que sólo quedará el tono-
grama agradable que le endulzará el tedio y la ru-
tina durante sus largas horas de trabajo pegado al
escritorio de su oficina.
Fiel a su cita matinal, en el espejo del baño le
aguarda un rostro adormilado, al que es preciso
acariciar con la rasuradora eléctrica, cuya vibra-
ción proporciona un suave masaje a las neuronas
del cerebro, reordenando las ideas que todavía an-
dan como dispersas entre los vericuetos del subcons-
ciente.
El café bien cargado, las humeantes tostadas y..."

Marcus, Harry, El abismo de estrellas, Cochabamba, Canelas, 1977.

lunes 24 de agosto de 2009

El Horla


"8 de mayo.- ¡qué día tan expléndido! He
pasado toda la mañana tumbado en la hier-
ba, delante de mi casa, bajo el enorme pláta-
no que la cubre, la abriga y la sombrea por
entero. Me gusta esta región, y me gusta vi-
vir en ella porque aqui tengo mis raices, esas
profundas y delicadas raíces que ligan a un
hombre a la tierra, donde sus abuelos han
nacido y han muerto, que lo ligan a los que
allí se piensa y se come, lo mismo a las cos-
tumbres que a los alimentos, a las locucio-
nes locales, las entonaciones de los campesi-
nos, los olores del suelo, de los pueblos y del
propio aire.
Me gusta la mansión donde he crecido."

Maupassant, Guy de, El Horla, Madrid, Alianza, 1994.

La infancia de un jefe


"´Estoy adorable con mi vestidito de angel`. La señora
Portier había dicho a mamá: ´Su hijito es delicioso. Está
para comérselo. Está adorable con su vestidito de angel.`
El señor Bouffardier atrajo a Lucien a sus rodillas y le
acarició los brazos. ´Es una verdadera niña - dijo son-
riente- ¿cómo te llamas? ¿Jacqueline, Luccienne, Mar-
got?`Lucien se puso colorado y dijo ´me llamo Lucien.`
No estaba del todo seguro de no ser una niña. Muchas
personas lo habían besado llamándolo señorita, y a todos
les parecía encantador con sus alas de gasa, su largo ves-
tidito azul, sus bracitos desnudos y sus rubios bucles. Te-
nía miedo de que los mayores decidieran de repente que
ya no era un niño. Por mucho que él protestara, nadie le
haría caso, y no le permitirían ya quitarse el vestidito
nada más que para dormir, y, por la mañana, al levantarse..."

Sartre, Jean Paul, La infancia de un jefe, Madrid, Alianza, 1994.

viernes 21 de agosto de 2009

Tener y no tener


"¿Ya saben ustedes como es La Habana a primera hora de la mañana,
cuando los gandules duermen todavía contra las paredes de las casas y
ni siquiera pasan los carros que llevan hielo a los bares? Bueno, pues,
veníamos del puerto y cruzamos la plaza para tomar café en el Café de
la Perla de San Francisco. En la plaza no estaba despierto más que un
mendigo que bebía agua en la fuente, pero cuando entramos y nos sen-
tamos, allí estaban los tres esperándonos.
Uno de ellos se nos acercó:
–¿Qué hay?–No puedo –le contesté–. Me hubiera gustado hacerlo como favor,
pero ya le dije anoche que no puedo.
–Puede fijar el precio que quiera.
–No se trata de eso. Lo que pasa es que no puedo hacerlo.
Los otros dos se habían acercado también y tenían un aire triste. Eran
individuos de buen aspecto y me hubiera gustado haberles hecho el favor.
–Mil por barba –dijo uno que hablaba bien el inglés."

Hemingway, Ernest, Tener y no tener, Barcelona, Seix Barral, 1985

Viaje al centro de la tierra


"Un domingo, el 24 de mayo de 1863, mi tío, el pro-
fesor Lidenbrock, volvió precipitadamente a su mo-
desta casa, número 19 de Köningstrasse, que es una de
las calles más viejas del antiguo barrio de Hamburgo.
La buena Marta creyó sin duda que aquel día se había atra-
sado mucho en sus funciones culinarias, pues apenas empeza-
ba a cocer el puchero en el fogón.
´Bueno -dije para mí-, si mi tío, el más impaciente de
los hombres, llega con hambre, armará la de Dios es Cristo.`
- ¿Ha venido ya el señor Lindebrock? - exclamó la pobre
Marta azorada, entreabriendo la puerta del comedor.
- Sí, Marta; pero es normal que la comida no esté hecha,
pues no son las dos. Acaba de dar la media en este momento
en San Miguel.
- ¿Cómo, pues, ha vuelto ya el señor Lidenbrock?"

Verne, Julio, Viaje al centro de la tierra, Madrid, El barco de papel, 2000.

jueves 20 de agosto de 2009

El informe de Brodie


Dicen (lo cual es improbable) que la historia
fue referida por Eduardo, el menor de los Nel-
son, en el velorio de Cristian, el mayor, que falle-
ció de muerte natural, hacia mil ochocientos no-
venta y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto
es que alguien la óyó de alguien, en el decurso de
esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la
repitió a Santiago Davove, por quien la supe.
Años despues volvieron a contármela en Turde-
ra, donde había acontecido. La segunda versión,
algo más prolija, confirmaba en suma la de San-
tiago, con las pequeñas variaciones y divergen-
cias que son del caso. La escribo ahora porque en
ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico
cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo..."

Borges, Jorge Luis, "La intrusa", El informe de Brodie, Salamanca, Alianza, 2001.

Memoria de crímenes


"No podía decir realmente cuándo tuvo la idea de que
iban a asesinarla. Durante el último mes había habido
algunos pocos signos sutiles, pequeñas sospechas, movi-
mientos ocultos como mareas en ella, como si luego de
contemplar una extensión de agua en el trópico, per-
fectamente tranquila y que invita a un baño, y justo
cuando sentimos la marea en el cuerpo, descubriéra-
mos que las profundidades están habitadas por mons-
truos, criaturas invisibles, abotargadas, de muchos bra-
zos, de afiladas aletas, malegnas y decididas.
Un cuarto flotaba alrededor de ella como un efluvio
de histeria. Unos instrumentos cortantes se cernían en
el aire, y había voces y gente con estériles máscaras
blancas.
Mi nombre, pensó entonces, ¿cómo me llamo?"

Bradbury, Ray, "El pequeño asesino", Memoria de crímenes, Barcelona, Edhasa, 1986.

martes 18 de agosto de 2009

Palacio quemado


"Desde el principio escribí discursos para quienes
postulaban a un cargo en las juventudes de su partido o
en la dirección de su carrera universitaria. Compañeros:
cuando yo era niño, soñaba que algún día caminaría por
los parques apacibles de la ciudad de mi juventud, y sería
feliz y no tendría deseo alguno de irme del país que me vio
nacer. El rumor de mi mano fácil para la frase certera, la
diatriba juguetona, la invectiva demoledora, fue di-
fundiéndose por los pasillos del Monoblock -ese
adefesio con las ventanas rotas y las paredes atiborradas
de graffiti izquierdoso, que en su momento, quién lo cre-
yera, fue uno de los edificios más admirados en sudaméri-
ca: los ascensores con diseño tiawanakota, especialmente
construidos para la universidad, quedaban como recuerdo
del gran logro de Gabino Villanueva-. Me comenzaron..."

Paz Soldán, Edmundo, Palacio Quemado, La Paz, Santillana, 2006.

En la colonia penitenciaria


"-Es un aparato singular- dijo el oficial
al explorador, y contempló con cierta admi-
ración el aparato, que le era tan conocido.
El explorador parecía haber aceptado sólo
por cortesía la invitación del comandante
para presenciar la ejecución de un soldado
condenado por desobediencia e insulto hacia
sus superiores. En la colonia penitenciaria no
era tampoco muy grande el interés suscitado
por esta ejecución. Por lo menos, en este pe-
queño valle, profundo y arenoso, rodeado to-
talmente por riscos desnudos, sólo se encon-
traban, además del oficial y el explorador, el
condenado, un hombre de boca grande y as-
pecto estúpido, de cabello y rostro descuidado..."

Kafka, Franz, En la colonia penitenciaria, Madrid, Alianza, 1995.

Las aventuras de Huckleberry Finn


"Mi nombre es Huckleberry Finn y mi mejor amigo se
llama Tom Sawyer. Tal vez muchos no nos conozcan,
pero Mark Twain nos hizo famosos al relatar nuestras
aventuras.
Porque Tom y yo vivimos una historia maravillosa,
encontramos el dinero que unos ladrones habían encon-
dido en una cueva y nos hicimos ricos de la noche a la
mañana. Nos correspondieron seis mil dólares en oro a
cada uno y el juez Thatcher lo puso a interés, así que
somos casi millonarios.
La viuda de Douglas me adoptó como su fuera hijo suyo
y se propuso civilizarme y hacer de mí un hombre de
provecho. Pero yo no podía soportar la vida en un hogar,
sobre todo por las costumbres tan regulares de la viuda,
por lo que decidí escaparme."
Twain, Mark, Las aventuras de Huckleberry Finn, Madrid, Estudio didáctico, 2001.

lunes 17 de agosto de 2009

Rebelión en la granja


"El señor Jones, propietario de la Granja Ma-
nor, cerró por la noche los gallineros, pero es-
taba demasiado borracho para recordar que ha-
bía dejado abiertas las ventanillas. Con la luz de
la linterna danzando de un lado a otro, cruzó el
patio, se quitó las botas ante la puerta trasera,
sirvióse una última copa de cerveza del barril
que estaba en la cocina y se fue derecho a la
cama, donde ya roncaba la señora Jones.
Apenas se hubo apagado la luz en el dormito-
rio, empezó el alboroto en toda la granja. Duran-
te el día se corrió la voz de que el Viejo Mayor, el
verraco premiado, había tenido un sueño extra-
ño la noche anterior y deseaba comunicárseño a
los demás animales. Habían acordado reunirse..."

Orwell, George, Rebelión en la granja, Madrid, Destino, 1997.

El Silmarillion


"En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado
Ilúvatar; y el primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran
vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se
hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de
música; y cantaron ante él y él se sintió complacido. Pero por
mucho tiempo cada uno de ello cantó solo, o junto con
unos pocos, mientras el resto escuchaba; porque cada uno
sólo entendía aquella parte de la mente de Ilúvatar de la que
provenía él mismo, y eran muy lentos en comprender el
canto de sus hermanos. Pero cada vez que escuchaban, alcan-
zaban una comprensión más profunda, y crecían en uniso-
nancia y armonía.
Y sucedió que Ilúvatar convocó a todos los Ainur, y les
comunicó un tema poderoso, descubriendo para ellos cosas
todavía más grandes y más maravillosas que las reveladas..."

Tolkien, John Ronald Reuel, El Silmarillion, Buenos Aires, Minotauro, 2002

sábado 15 de agosto de 2009

De cómo los turcos descubrieron América


"Si creemos en los historiadores ibéri-
cos, sean españoles o portugueses, el des-
cubrimiento de las Américas por los tur-
cos, que no son turcos en absoluto, sino
árabes de buena cepa, ocurrió con gran
atraso, en época relativamente reciente,
en el siglo pasado, no antes.
Debe tenerse en cuenta que, por in-
teresados, los tratadistas peninsulares son
sospechosos; para ellos existen apenas, pa-
ra alabar y acrecentar, los hechos y las fi-
guras de españoles y portugueses, Cristó-
bal Colón, Américo Vespucio, Vasco da
Gama, Fernando de Magallanes y otros fi-
gurones: castellanos y lusitanos del mejor..."
Amado, Jorge, De cómo los turcos descubrieron América, Buenos Aires, Emecé, 1994.

Avisos necrológicos


"Aunque la temperatura debe estar cerca de los 33
grados bajo cero a la sombra, parece que a vos
no te hace frío. Claro, con semejante sofocón, tu
cuerpo debe estar ardiendo como si estuviera al spiedo
y tus poros exudando residuos de carbon encendido,
mientras tus pensamientos se calcinan porque no
sabes cómo vas a salir del tremendo lío en el que te
has metido por cojudísimo.
¡Cómo se te ocurre cortarle la jeta a la Pastora, si
sabes que su primo trabaja en la cana, y desde hace
tiempo te tiene bronca por las veces que le rastrillaste
los bolsillos mientras él dormía la borrachera en bra-
zos de la juanita, la dueña del Avión!
Ahora, ni por San Putas vas a poder librarte de las
consecuencias de esta huevada, vas a tener que..."

Viscarra, Victor Hugo, Avisos necrológicos, La Paz, Correveidile, 2005.

viernes 14 de agosto de 2009

La isla de los pingüinos


"A pesar de la aparente diversidad de entretenimientos que
parecen atraerme, mi vida sólo tiene un objeto, pues la consagro
por entero a la realización de un gran proyecto: escribir la historia
de los pingüinos. Trabajo en ella asiduamente sin dejarme abatir
por las frecuentes dificultades qe se me presentan, aunque a ve-
ces parecen insuperables.
He cabado la tierra para descubrir en ella los sepultados mo-
numentos de ese pueblo. Los primeros libros de los hombres
fueron piedras y estudié las piedras, que pueden ser consideradas
los anales primitivos de los pingüinos. Registré a orillas del mar,
un túmulo inviolado, y encontré en él, como es común, hachas de
piedra, espadas de bronce, monedas romanas y una pieza de un
franco con la efigie de Luis Felipe I, rey de los franceses.
Para los tiempos históricos me fue de gran ayuda la crónica de
Johannes Talpa, monje del monasterio de Beargarden. Abrevé..."
France, Anatole, La isla de los pingüinos, Barcelona, Edicomunicación, 1995.

Juan de la Rosa


"Rosita, la India encajera, cuya memoria conservan
todavía algunos ancianos de la Villa de Oropesa, que
admiraron su peregrina hermosura, la bondad de su
carácter y las primorosas labores de sus manos, fue el
angel tutelar de mi dichosa infancia. Su cariño, su ter-
nura y solicitud maternales eran sin límites para con-
migo, y yo le daba siempre con gozo y verdadero or-
gullo el dulce nombre de madre. Pero ella me llamó
solamente ´el niño` menos dos o tres veces en las que
la palabra `hijo´ se le escapó, como un grito irresis-
tible de la naturaleza que parecía desgarrar de un modo
muy cruel a sus entrañas.
Vivíamos sólos en un cuarto o tienda del confín
del barrio de los Ricos, hoy de Sucre, sin más puertas
que la que daba a la calle y otra pequeña, de una sola..."

Aguirre, Nataniel, Juan de la Rosa, La Habana, Casa de las Américas, 1978.

Retornaremos como sombras


"3) Jilgueros, gorriones y estorninos. Había muchos pá
jaros: palomas y tórtolas, golondrinas y mirlos. Libres y pre-
sos. Se dejaban ver montones de canarios en decenas de
pequeñas jaulas apiladas sobre las espaldas de un vende-
dor; incluso un zopilote aburrido haciendo círculos en el
cielo terriblemente azul más allá de las azoteas. Paradójica-
mente y huyendo de los lugares comunes, eran pájaros tris-
tes y silenciosos ¿final de primavera?
4) Ergoypués, en 1941 la embajada de la Alemania nazi
se encontraba ubicada en la ciudad de México, en las calles
de Hamburgo e Insurgentes, y había, a un lado de la reja
verde, en un muro de piedra añosa, musgoso y repleto de
hormigas diminutas que recorrían insomnes las paredes (¿a
qué chingadas horas duermen las hormigas?), una placa con
el águila, agresiva y distante, pedante y ramplona que sostenía..."
Taibo II, Paco Ignacio, Retornamos como sombras, Bogotá, 2002.

jueves 13 de agosto de 2009

El tunel


"Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que
mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en
el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores ex-
plicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es los que ha de recordar
la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que
no hay memoria colectiva, lo que quizás sea una forma de
defensa de la especie humana. La frase ´todo el tiempo pa-
sado fue mejor` no indica que antes sucedieran menos
cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa
en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez
universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar
preferentemente los hechos malos y, así, casi podría de-
cir que el presente me parece horrible como el pasado..."

Sábato, Ernesto, El túnel, Madrid, Cátedra, 1987.

Informe contra mí mismo


"El primer informe contra mi familia me lo solicita-
ron a finales de 1978. En el verano del año anterior yo
había sido movilizado como teniente de la reserva y cum-
plía treinta y seis meses se servicio militar activo en una
trinchera cualquiera de La Habana. Era uno más entre los
miles de obreros, estudiantes y profesionales que dimos un
paso adelante para ocupar el sitio que la Revolución nos
había asignado en la vanguardia de la historia, segun la re-
tórica de la época. Corrían a caballo tiempos difíciles. El
frente de batalla de la contienda Cuba-Estados Unidos se
había desplazado a tiro limpio hasta las costas de África, y
los hombres y mujeres del primer territorio libre de Amé-
rica Latina estábamos dispuestos a pagar con sangre soli-
daria nuestra deuda con la humanidad. Así explicábamos
las cosas. Hacia el corazón de la isla se escenificaba un..."

Alberto, Eliseo, Informe contra mí mismo, Madrid, Alfaguara, 1997.

miércoles 12 de agosto de 2009

Alguien voló sobre el nido del cuco


"Están ahí fuera.
Chicos negros con trajes blancos se me han adelantado
para cometer actos sexuales en el pasillo y luego limpiar-
los antes de que consiga atraparlos.
Están fregando cuando salgo del dormitorio, los tres
enfurruñados y llenos de odio hacia todo: la hora que es,
el lugar donde se encuentran, la gente con quien tienen
que trabajar. Cuando están tan llenos de odio, más vale
que no me deje ver. Me deslizo pegado a la pared, sin
ruido, como el polvo sobre mis zapatillas de lona. Pero
están equipados con un detector especialmente sensible
que capta mi miedo y los tres levantan la vista, al mismo
tiempo, con las caras negras de ojos relucientes, relucien-
tes como lámparas de una vieja radio vista por detrás.
- Ahí viene el Jefe. El Super Jefe, chicos. El Viejo Jefe..."
Kesey, Ken, Alguien voló sobre el nido del cuco, Madrid, Argos Vergara, 1977.

Nuevos cuentos de Bustos Domecq


"Siempre redunda satisfactoria en la visita de un
joven amigo. en esta hora preñada de nubarrones,
el hombre que no está con la juventud más vale
que se quede en el cementerio. Recibí, pues, con
la mayor deferencia a Benito Larrea y le sugerí que
me efectuara su visita en la lechería de la esquina,
para no molestar a mi señora, que baldeaba el
patio con creciente mal genio. Nos dimos trasla-
do sin más.
Alguno de ustedes a lo mejor se acuerda de La-
rrea. Cuando murió su padre se vio heredero de
unos pesitos y del quintón de la familia que el vie-
jo le compró a un turco. Los pesitos se los fue gastan-
do en farras, pero sin desprenderse de Las Magno-
lias, la quinta que decayó a su alrededor, mientras..."

Borges, Jorge Luis y Bioy Casares, Adolfo, Nuevos cuentos de Bustos Domecq, Buenos Aires, Emecé, 2003.

martes 11 de agosto de 2009

El viejo y el mar


"En el Gulf Stream en un bote, hacía ochenta y cua-
tro días que un viejo percador solitario no recogía un
solo pez.
En los primeros cuarenta días, había tenido consi-
go un ayudante. Pero después de ese tiempo, los pa-
dres del muchacho le hacían dicho que el viejo estaba
definitivamente salao, lo cual era la peor forma de
la mala suerte. Por orden de sus padres el muchacho
había salido en otro bote, que en la primera semana
cogió tres buenos peces.
Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos
los días con su bote vacío. siempre bajaba a ayudarle,
a cargar con los rollos de sedal, el bichero, el arpón y la
vela arrollada al mástil. La vela remendada con sacos
de harina, parecía una bandera en permanente de-
rrota"

Hemingway, Ernest, El viejo y el mar, México, Editores mexicanos unidos, 1982.

Ladies Night


"Le llamé temprano al Alojamiento Chi-
more y sentí su enojo como un puñal recien templado.
Rechazó cortesmente la invitación a almorzar, le
pregunté por qué y me dijo `Porque tengo otro
compromiso`. Llamé una hora después y había sa-
lido. Me contestó Aracely, su amiga íntima-
- ¿Qué ha pasado anoche?
-¿Anoche?¿Por qué?
-¿Cómo por qué? Llamas borracho, ame-
nazas a medio mundo, no respetas a nadie.
Me dejó tieso.
-¿Llamar yo?¿A quien?
- A Ñeca
- ¿Y la insulté?
-Mira, no te hagas."

Rocha Monroy, Ramón, Ladies Night, La Paz, Alfaguara, 2000.

Sin novedad en el frente


"Nos encontramos a nueve kilómetros del frente. Ayer nos releva-
ron. En este momento tenemos el vientre lleno de alubias con carne
de vaca y estamos saciados y contentos. Además, cada cual ha po-
dido volver a llenar su escudilla para esta noche, y tenemos doble ra-
ción de salchichas y pan. ¡Una maravilla! No nos había sucedido
tal cosa desde hace mucho tiempo: el furriel, que tiene la cara roja
como un tomate, ha llegado incluso a ofrecernos los viveres. A todo el
que pasa le hace una seña con el cucharón y le da una buena cantidad
de comida. Está desesperadísimo porque no sabe cómo hará
para vaciar hasta el fondo su calderón del rancho. Tjaden y Müller han
encontrado unos baldes y se han hecho llenar hasta los bordes,
para disponer de una reserva. Tjaden obra así por el hambre, Müller
por previsión. Lo que constituye un enigma para todo el mundo es
dónde puede meterse todo eso Tjaden, que siempre está más seco
que un arenque prensado"

Remarque, Erich María, Sin novedad en el frente, Barcelona, Orbis, 1999.

lunes 10 de agosto de 2009

El laberinto de las aceitunas


"-Señores pasajeros, en nombre del comandante
Flippo, que, por cierto, se reincorpora hoy al servicio tras
su reciente operación de cataratas, les damos la bienveni-
da a bordo del vuelo 404 con destino Madrid y les desea-
mos un feliz viaje. La duración aproximada del vuelo
será de cincuenta minutos y volaremos a un altitud
etcétera, etcétera.
Más avezados que yo, los escasos pasajeros que a esa
hora hacían uno del Puente Aéreo se abrocharon los cin-
turones de seguridad y se guardaron detrás de la oreja las
colillas de los pitillos que acababan de extinguir. Retum-
baron los motores y el avión empezó a caminar con un
inquietante bamboleo que me hizo pensar que así se
movía en tierra, qué no haría por los aires de España.
Miré a través de la ventanilla para ver si por un milagro..."

Mendoza, Eduardo, El laberinto de las aceitunas, Barcelona, Seix Barral, 2006.

En el nombre del cerdo


"Ni el comisario principal Pujol ni el agente Varela han
desayunado nada sólido en espera de lo que puedan en-
contrarse durante la mañana. Una hora después de po-
nerse en camino, el comisario nota el vacío en el estó-
mago. Además, el Peugeot 205 granate de la Brigada le
viene pequeño, y rueda por la autopista más deprisa de
lo que le parece prudente; no puede relajarse en el asiento.
- Varela. que no vamos a apagar fuego
- ¿Perdón?
- Que afloje un poco, haga el favor.
Varela libera el acelerador, un poco dolido por la lla-
mada de atención; le ha sonado agria, en parte por efecto
de la afonía del comisario. El comisario por su parte hu-
biera preferido que lo acompañara esta mañana alguien
más veterado o por lo menos alguien que no le tuviera miedo"

Tusset, Pablo, En el nombre del cerdo, Barcelona, Destino, 2006

El guardián entre el centeno


"Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo pri-
mero que querrán saber en dónde nacir, cómo fue todo ese rollo
de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí,
y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ga-
nas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y,
segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me
pusiera aqui a hablarles sobre su vida privada. Para esas cosas
son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente,
no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien los gane.
Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con
pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que
me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me
quedara tan débil que tuvieran que mandarme aqui a re-
ponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso
que es mi hermano. vive en Hollywood. Como no está muy..."

Salinger, Jerome David, El guardián entre el centeno, Madrid, Alianza Editorial, 2002.

viernes 7 de agosto de 2009

De la Revolución al Pachakuti


"´El Mendez Arcos`, así llamaban los vecinos del barrio de San
Pedro, de la Ciudad de La Paz, al primer internado de huérfanos
de la guerra del Chaco. La iniciativa fue de doña Josefa
Saavedra, hija del presidente liberal Saavedra. Ella, doña Josefa, tomó
la dirección del internado que reunía a varones y mujeres. En el
pabellón izquierdo, en el segundo piso, se encontraba el dormitorio
de las muchachas y en el pabellón derecho, el dormitorio de los
varones. Ellas tenían dos regentas: doña Raquel Prada y doña
Lindaura Ponce. Dos señoras de ´armas llevar` y en el pabellón de
varones también dos regentes de ´palmetas llevar`. Los cuatro
personajes encarnaban la ´pedagogia` del castigo físico. La ideóloga
de esta pedagogía era doña Pepa. Ella siempre estaba presente, todos los
días recorría los dormitorios, las camas tenían que estar tendidas
como mesas de billar, los pisos muy bien lustrados, los baños
blanquísimos. Los internos e internas nos levantábamos a las seis..."
Escobar, Filemón, De la Revolución al Pachakuti, La Paz, Garza Azul, 2008.

jueves 6 de agosto de 2009

La peste


"Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica
se produjeron en el año 194... en Orán. Para la generalidad resultaron
enteramente fuera de lugar y un poco aparte de lo cotidiano. A pri-
mera vista Orán en, en efecto, una ciudad como culaquier otra, una pre-
fectura francesa en la costa argelina y nada más.
La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tran-
quilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de
las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por
ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no
puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una pala-
bra? El cambio de estaciones sólo se puede notar en el cielo. La prima-
vera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de
flores que venden en los mercados. Durante el verano el sol abrasa las
calles resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a ni poder
vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio..."
Camus, Albert, La Peste, Buenos Aires, Sol 90, 2003.

Los indiferentes


"Entró Carlota. Llevaba un vestido de lanilla pardo, con la falda tan cor-
ta, que bastó un movimiento que hizo al cerrar la puerta para que se levan-
tara un buen palmo por encima de los flojos pliegues que formaban las me-
dias alrededor de sus piernas; pero ella no lo advirtió, y avanzó con precau-
ción, mirando misteriosamente ante sí, desmadejada e insegura. Una sola
lámpara estaba encendida e iluminaba las roddillas de Leo, sentado en el
dicán. Una gris oscuridad envolvía el resto del salon.
- Mamá se está vistiendo -dijo ella acercándose- Vendrá dentro de
un momento.
- La esperaremos juntos-repuso el hombre, inclinándose hacia
delante -. Ven, Carlota. Siéntate aquí.
Pero Carlota no aceptó este ofrecimiento. De pie al lado de la mesita
de la lámpara, comtemplando el cerco de luz de la pantalla, en el cual
las chucherías y demás objetos, al contrario de sus compañeros muertos
e inconscientes esparcidos en la sombra del salón, revelaban todos sus..."
Moravia, Alberto, Los indiferentes, Barcelona, Plaza&Janés, 1999.

Siddharta


"Siddharta, el agraciado hijo del brahmán, el
joven halcón, creció junto a su amigo Govinda
al lado de la sombra de la casa, con el sol de la
orilla del río, junto a las barcas, en lo umbrío
del bosque se sauces y de higueras. El sol bron-
ceaba sus hombros brillantes al borde del río, en
el baño, en las abluciones sagradas, en los sacri-
ficios religiosos. La sombra se adentraba por sus
negros ojos en el boscaje de mangos, en los jue-
gos de los niños, en el canto de su madre, en los
sacrificios religiosos, en las enseñanzas de su
padre y sus maestros, en la conversación de los
sabios. Ya hacía mucho tiempo que Siddharta
participaba en las conferencias de los sabios. Con
Govinda se entrenaba en las lides de la palabra..."

Hesse, Hermann, Siddharta, Barcelona, Bruguera, 1978.

miércoles 5 de agosto de 2009

Un mundo feliz


"Un macizo edificio gris de sólo treinta y cuatro
pisos. Sobre la entrada principal, las palabras: Cen-
tro de Incubación y Acondicionamiento de la Central
de Londres y en una tarjeta: Comunidad, Identidad,
Estabilidad, La divisa del Estado Mundial.
La enorme pieza del piso bajo estaba orientada al
Norte. A pesar del calor de fuera y de la temperatu-
ra casi tropical del interior, sólo una luz cruda, pálida
e invernal, filtrábase a través de los cristales buscan-
do con avidez algunos ensabanados cuerpos yacentes,
algún trozo de carne descolorida, producto de disec-
ciones académicas; pero sólo hallaba cristal y niquel
y las pulidas y frías porcelanas del laboratorio. In-
vierno respondía a invierno. Blancas eran las batas
de los que alli trabajaban con manos enfundadas en..."
Huxley, Aldous, Un mundo feliz, México, Editores Mexicanos Unidos, 1985.

martes 4 de agosto de 2009

La Odisea


"Dime Musa, de este hombre ingenioso que vagó tanto tiempo
después de haber destruido la ciudadela de Troya. Vio las más po-
pulosas ciudades y conoció su espíritu, y sufrió en su corazón de
muchos males sobre el mar por cuidar la propia vida y el regreso
de sus compañeros. Pero ni así hubo de salvarlos, contra su vo-
luntad; perecieron por su codicia ¡los insensatos! despues de co-
mer los bueyes de Helios Hiperionada. Y éste les arrebató la hora
del regreso. Dime alguna de estas cosas, Diosa, hija de Zeus.
Todos los que pudieron evitar la negra muerte, escapados de la
guerra y del mar, habían vuelto a sus hogares; pero Ulises quedaba
solo, lejos de su país y de su esposa, y la venerable ninfa Calipso,
la muy noble Diosa, le retenía en hueca gruta, deseándole para ma-
rido. Y cuando llegó el tiempo, después de la carrera de los años
en que los Dioses quisieron que regresase a su casa de Itaca, allí
también hubo de sufrir males en medio de los suyos. Todos los..."

Homero, La Odisea, Madrid, Edimat, 1999.

sábado 1 de agosto de 2009

Moby Dick


"Mi nombre es Ismael. Hace unos años, encontrán-
dome sin apenas dinero, se me ocurrió enbarcarme y
ver mundo. Pero no como pasajero, sino como tripulan-
te, como simple marinero de proa. Esto al principio re
sulta un poco desagradable, ya que hay que andar sal-
tando de un lado a otro, y lo marean a uno con órdenes
y tareas desagradables, pero con el tiempo se acostum-
bra uno.
Y por supuesto, porque se empeñan en pagarme mi
trabajo, mientras que un pasajero se ha de pagar el suyo.
Aún hay más: me gusta el aire puro y el ejercicio
saludable. digamos que el marinero de proa recibe más
cantidad de aire puro que los oficiales, que van a popa y
reciben el aire ya de segunda mano"

Melville, Herman, Moby Dick, Madrid, Edimat, 2003.

viernes 31 de julio de 2009

La identidad


"Un hotel de una pequeña ciudad a la orilla
del mar normando que habían encontrado por
casualidad en una guía. Chantal llegó el viernes
por la tarde para pasar allí una noche a solas, sin
Jean-Marc, que se reuniría con ella al día si-
guiente a mediodía. Dejó una pequeña maleta en
la habitación, salió y, tras un corto paseo por ca-
lles desconocidas, volvió al restaurante del hotel.
A las siete y media, la sala aún estaba vacía. Se
sentó a una mesa a la espera de que alguien la
atendiera. Al otro lado, cerca de la puerta de la co-
cina, dos camareras estaban en plena conversa-
ción. Como odiaba levantar la voz, Chantal se
levantó, atravesó la sala y se detuvo junto a ellas;
pero estaban demasiado enzarzadas en su tema..."
"Kundera, Milan, La identidad, Barcelona, Tusquets, 2001.

Archipiélago Gulag


"¿Cómo se llega a este misterioso Archipiélago? Conti-
nuamente vuelan hacia él aviones, navegan barcos, se
arrastran ruidosamente los trenes, pero no llevan ningún
letrero que indique el lugar de destino. Los empleados
de las taquillas y los agentes del ´Sovturist` o del ´In-
turist` quedarían asombrados si se les pidiera un billete
para el Archipiélago. No han oido hablar de él ni de
ninguno de sus muchos islotes.
Los que van al Archipiélago a gobernar, llegan a tra-
ves de las escuelas de la MVD.
Los que van a vigilar, son reclutados por los comisa-
rios militares.
Y para los que van allí a morir, como usted y yo, que-
rido lector, hay una sola y obligatoria forma de llegar:
a través del arresto"

Soljenitsin, Alexander, Archipiélago Gulag, Barcelona, Plaza & Janes, 1974.

jueves 30 de julio de 2009

La senda del perdedor


"La primera cosa que recuerdo es estar debajo de algo. Era
una mesa, veía la pata de una mesa, veía las piernas de la gente,
y una parte del mantel colgando. Estaba oscuro allí debajo, me
gustaba estar ahí. Debió haber sido en Alemania, yo debía tener
entre uno y dos años de edad. Era en 1922. Me sentía bien bajo
la mesa. Nadie parecía darse cuenta de que yo estaba allí. La
luz del sol se reflejaba en la alfombra y en las piernas de la
gente. Me gustaba la luz del sol. Las piernas de la gente no
eran interesantes, no eran como el trozo de mantel que colgaba,
ni como la pata de la mesa, ni como la luz del sol.
Luego no hay nada... luego un árbol de Navidad. Velas, Ador-
nos de aves: aves con pequeños racimos de frutas en sus picos.
Una estrella. Dos personas mayores peleándose, gritando. Gente
comiendo, siempre gente comiendo. Yo también. Mi cuchara es-
taba doblada de tal forma que si quería comer, tenía que cogerla..."

Bukowski, Charles, La senda del perdedor, Barcelona, Anagrama, 1996.

La fiesta vigilada



"´Nos acordamos especialmente de tí`me escribió M.
En su carta contaba cómo, reunidos en un café europeo al
comienzo de la primavera, se habían dedicado a imaginar mis
días en La Habana.
´Qué extraños han de ser`, quiso decirme.
Desde su salida del país había transcurrido un año y me-
dio, y ya a M. le resultaba trabajoso recordar.
El sobresalto de la primavera los encontraba a todos, un gru-
po de amigos, en la terraza de un café, todos de buen áni-
mo que podrían perdonarse unas cucharaditas de azúcar de
más, un poco de crema, y un pensamiento para alguien a
quien sobrevivirían desde lejos.
Así como también yo creía haberlos sobrevivido.
A M. y a los otros.
Creía sobrevivirlos quedándome en La Habana."

Ponte, José Antonio, La fiesta vigilada, Barcelona, Anagrama, 2007.

El Castillo


"Ya era de noche cuando K. llegó. La aldea yacía hun-
dida en la nieve. Nada se veía de la colina; bruma y i-
nieblas la rodeaban; ni el más débil resplandor revelaba
el gran castillo. Largo tiempo K. se detuvo sobre el
puente de madera que del camino real conducía a la
aldea, con los ojos alzados al aparente vacío.
Fue luego en busca de albergue; estaban aún despier-
tos en la posada; no había cuarto para alquilar, pero el
patrón, sorprendido y atónito por un huesped tan tardío,
propuso a K. dejarle dormir en la sala sobre un jergón.
K. aceptó. Quedaban todavía aldeanos bebiendo su cer-
veza, pero él, sin queree entablar conversación, fuése al
desván en busca de su jergón y se acostó junto a la es-
tufa. El ambiente era tibio, los aldeanos callaban, los
miró aún con cansados ojos y entonces se durmió."

Kafka, Franz, El Castillo, Madrid, Emecé, 1971.

miércoles 29 de julio de 2009

El libro de la selva

"Eran las siete de una calurosa tarde en las colinas de Seeonee, cuando
papá Lobo despertó de su sueño diurno, ráscose, bostezó y estiró las patas
una tras otra para quitarse de encima la pesadez que en ellas sentía
aún. Mamá Loba estaba echada, caído el gran hocico de color gris
sobre sus cuatro vacilantes y chillones lobatos, mientras la luna bri-
llaba a la entrada de la caverna donde todos ellos vivían.
- ¡Augr! -dijo el lobo padre-. Ya es hora de volver a cazar. -E iba a
lanzarse por la ladera cuando una sombra, no muy voluminosa y pro-
vista de espesa cola, atravesó el umbral y exclamó con plañidera voz:
- ¡Buena suerte, Jefe de los lobos, y que no sea peor la de tus nobles
hijos! ¡Buenos dientes les crezcan, y que jamás se les olvide el tener ham-
bre en este mundo!
Quien así hablaba era el chacal (Tabaqui, el lameplatos), y los lobos
en la India desprecian a Tabaqui porque andaba siempre enredando de un..."

Kipling, Rudyard, El libro de la selva, Buenos Aires, Sol 90, 1994

martes 28 de julio de 2009

La guerra del fin del mundo


"El hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de per-
fil. Su piel era oscura, sus huesos prominentes y sus ojos ardían
con fuego perpetuo. Calzaba sandalias de pastor y la túnica mo-
rada que le caía sobre el cuerpo recordaba el hábito de esos mi-
sioneros que, de vez en cuando, visitaban los pueblos del
sertón bautizando muchedumbres de niños y casando a las pa-
rejas amancebadas. Era imposible saber su edad, su proceden-
cia, su historia, pero algo había en su facha tranquila, en sus cos-
tumbres frugales, en su imperturbable seriedad que, aun antes
de que diera consejos, atraía a la gente.
Aparecía de improvisto, al principio solo, siempre a pie, cu-
bierto por el polvo del camino, cada cieerto número de semanas,
de meses. Su larga silueta se recortaba en la luz crepuscular o
naciente, mientras cruzaba la única calle del poblado, a grandes
trancos, con una especie de urgencia. Avanzaba resueltamente..."

Vargas Llosa, Mario, La guerra del fin del mundo, Madrid, Alfaguara, 2000.

El corazón de las tinieblas


"La Nellie, una yola de crucero, giró sobre el
ancla sin el menor movimiento de las velas y
quedó inmóvil. Había subido la marea, apenas
soplaba el viento y, puesto que se dirigía río aba-
jo, sólo le quedaba fondear y esperar el cambio
de la marea.
El estuario del Támesis se extendía ante no-
sotros, inicio de una vía fluvial que no parecía
tener fin. En la distancia, la mar y el cielo pare-
cían soldados y sin fisuras, y en el espacio lumi-
noso, las velas curtidas de las gabarras que,
con la subida de la marea, se dirigian río arriba
semejaban inmóviles racimos de lonas rojizas y
puntiagudas, entre los que brillaba el barniz de
las botavaras. La bruma descansaba sobre las..."

Conrad, Joseph, El corazón de las tinieblas, Madrid, Punto de lectura, 2002, segunda edición.

El tercer hombre


"Nunca se sabe cuando va a caer el golpe. Cuando vi por pri-
mera vez a Rollo Martins escribí esta nota en mis archivos poli-
ciales de seguridad: ´En circunstancias normales un tonto jovial.
Bebe demasiado y puede provocar conflictos. Cuando pasa una
mujer a su lado levanta la vista y hace algún comentario, pero
tengo la impresión de que el asunto no le interesa. No ha crecido
nunca y tal vez esa sea la razón por la que adora a Lime`. Escribí
esa frase ´en circunstancias normales` porque le vi por primera
vez en el funeral de Harry Lime. Era febrero, y los enterradores se
vieron obligados a utilizar taladradoras eléctricas para abrir la tie-
rra helada del Cementerio Central de Viena. Fue así como hasta
la naturaleza hizo todo lo posible por rechazar a Lime, pero por
fin se pudo bajar y echamos tierra sobre él como si fueran la-
drillos. Se cerró la tumba y Rollo Martins se fue con tal rapidez
que parecía que sus piernas largas y delgaduchas quisieran echar a..."

Green, Graham, El tercer hombre, Madrid, El Mundo, 1999.

Tres tristes tigres


"Showtime! Señoras señores. Ladies and gentlemen. Muy
buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes.
Good-evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret
MAS fabuloso del mundo... ´Tropicana` the most fabulous
night-club in the WORLD
... presenta... presents... su nuevo
espectáculo... its new show... en el que artistas de fama con-
tinental... where performers of continental fame... se encar-
garan de transportarlos a ustedes al mundo maravilloso...
They will take you all to the wonderful world... y extraordi-
nario... of supernatural beauty... y hermoso... of the tro-
pics
... El trópico para ustedes queridos compatriotas... ¡El
trópico en Tropicana! In the marvelous production of our
Rodney the Great
... En la gran, maravillosa producción de
nuestro GRANDE, ¡Roderico Neyra!... ´Going to Brazil`...
Intitulado, Me voy pal Brasil...Taratará, tarará, taratará tara-"

Cabrera Infante, Guillermo, Tres tristes tigres, Bogotá, Espasa (s/f)